Las montañas coloradas de Suriplaza CHILE: NORTE


Espectacular excursión desde Putre a Suriplaza, las montañas coloradas. No hay palabras para describir estos solitarios parajes pintados a todo color y habitados por la fauna andina. Llegar a Suriplaza es largo, solitario y cansado, por lo que decidimos acompañarnos de un guía local. Todo el itinerario discurre por pistas de tierra muy despobladas y se necesita 4×4.

A las 8:30 nos recoge Álvaro. Es un guía local que conoce al dedillo estos lugares, ya que vivió durante 15 años en Putre, aunque ahora estudia turismo en Arica.

Pronto damos la espalda al asfalto para adentrarnos por pistas de tierra que se dibujan en las laderas de las quebradas, internándonos en lugares recónditos del altiplano. Ascendemos progresivamente y bordeamos el volcán Taapacá, montaña sagrada para los aymaras. En su cima se han encontrado restos de ofrendas para rogar fertilidad, lluvia o cosechas.

Cruzamos la Quebrada de Allane en nuestra ruta hacia el poblado de Colpita. Asustadizas vicuñas nos salen al encuentro en las tierras pobladas de llaretas o tolas.

Quebrada de Allane

Cuando empezamos a divisar las montañas coloradas a lo lejos resulta llamativo su colorido, que supone un fuerte contraste con los tonos verdosos de los tolares o bofedales y los ocres de los volcanes. En soledad continuamos avanzando, aunque la soledad no es tal en compañía de la fauna andina: vicuñas, suris que corren detrás de sus polluelos, gansos andinos, llamas. Incluso tenemos la suerte de presenciar muy cerca el vuelo de algunos cóndores.

Cóndor cerca de Colpita

Cerca de Colpita abundan los bofedales. En ellos se alimentan las llamas, que vemos por docenas y docenas, casi cientos diría yo. De vez en cuando encontramos alguna cabaña de pastores. Qué tremendo aislamiento vivir aquí. Pero, qué hermosos paisajes. Nos comenta Álvaro que en Colpita viven tres personas.

Atravesamos este diminuto poblado saludando a una mujer que se resguarda a la sombra del insolente sol del altiplano. Nos aproximamos a las montañas coloradas disfrutando de imágenes increíbles e inolvidables. Intento concentrarme para absorberlas a tope porque no sé si algún otro lugar del mundo puede ofrecer algo así. Es alucinante.

Montañas coloradas desde los bofedales de Colpita

Camino a Suriplaza

Bofedales de Colpita

Abandonamos los bofedales y ante las miradas de un grupo de vicuñas accedemos al Suriplaza, “lugar de los suris”. Es como una plaza inmensa, como un anfiteatro natural rodeado de montañas de colores. Álvaro nos acerca a las más coloradas, estaciona y nos explica el trazado a seguir para la caminata de ascenso. Me alegro como unas castañuelas, y eso que todavía no imaginaba el imponente panorama que nos esperaba arriba. Quedarse abajo ya contentaría a cualquiera. Aunque lo de “abajo” es un decir, ya que empezamos a andar a 4880 m de altitud.

Suriplaza

 

Montañas coloradas de Suriplaza

Llaretas en Suriplaza

Los colores rojizos nos rodean. Cuánto más subimos, más amplio es el panorama. A ralentí avanzamos hasta el primer objetivo, una cumbre que nos descubre la vista de otro valle, decorado en amarillos y naranjas.

Subiendo a las montañas coloradas de Suriplaza

Cresteamos hasta alcanzar la cumbre más alta y entonces no me puedo creer lo que veo. Han aparecido otros valles, y al fondo distinguimos la silueta del volcán Tacora de Chile (5988 m) y el volcán Chupiriña de Perú(5780 m). Divisamos también el volcán Parinacota envuelto entre nubes. La vista es tan extensa que resulta indescriptible. Las palabras no me salen. El vocabulario se me acaba. Una mancha blanca sobresale en este escenario tan colosal y tan colorido. Se trata de la Laguna Blanca, compartida por Chile y Perú.

Caminando por las montañas coloradas de Suriplaza

Volcán Tacora

Valles colorados en Suriplaza

Extasiándome con esta exhibición de arte geológico permanezco un buen rato. Miro a un lado y a otro, y no consigo asimilarlo. Estos paisajes andinos están más cerca de la imaginación que de la realidad. Ni salen en la tele ni en las revistas. Desde luego, de haber venido solos no habríamos llegado hasta arriba. No habría podido adivinar por dónde subir. Ni siquiera sé si habríamos logrado llegar en camioneta hasta la base de Suriplaza por lugares sin señalizar.

La bajada por la pronunciada pendiente de piedrecitas rojas y arena nos colma todos los poros de polvo. Increíble que existan lugares así, y más increíble que no los conozca nadie. Mejor así. La vida andina del altiplano lo agradece.

Bajando de las montañas de Suriplaza

Tras regresar al coche buscamos un sitio resguardado donde montar nuestro restaurante en el solitario silencio de la puna. Qué lujo comer en un lugar así.

Suriplaza

Ya sólo queda recorrer de vuelta el polvoriento camino de tierra para regresar a Putre, con el pensamiento puesto en los irreales paisajes que acabamos de conocer. Son lugares muy remotos, alejados de cualquier lugar habitado, sin cobertura de móvil y por elevadas altitudes en la puna del norte de Chile. No nos encontramos a nadie en todo el día.

Hay gente que se cansa pronto del altiplano, que no llega a conectar ni a entenderlo. A mí me ocurre todo lo contrario. Me parece un sueño, me entusiasma, me sorprende a cada instante.

Cena en Putre en restaurante Cantaverdi. Sopa de alpaca, pizza putreña, salteado de verduras. Es un lugar esencialmente para turistas, con buen servicio, amplia carta y además se come bien.

 

ESTA ETAPA PERTENECE AL VIAJE:  CHILE. UN VIAJE ENTRE VOLCANES: NORTE, ARAUCANÍA Y CHILOÉ

 

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